domingo, 25 de mayo de 2014

Tú y yo somos una...


 Atrás se quedan mis ganas de ser única. Difuminándose como los colores del viento, aquellos creados por el agua y los rayos del Sol. Adelante se perciben puertas, que sé, que al cruzarlas podré encontrar la libertad que esta musa mía tanto ansía.

     Adiós. Palabra que caerán de mis labios, cuando los colores de la brisa sean incapaces de alcanzarme. Un saludo cordial. Reflejándose en mi cara una vez cruce esas puertas que me vigilan a lo lejos, pacientes siempre, por verme cruzar.

     Fracasada. Así me he sentido todo este tiempo. Intentando llegar a este punto, donde casi me encuentro ahora. Ávida de deseo por tener un traspiés y caer de bruces ante la puerta que se ha de abrir ante mí.

     Volar. Verbo que ha añorado esta alma mía durante todo este tiempo, que tranquila y condescendiente se ha escondido tras las paredes robustas de mi inconsciencia. Soltar. Expresión que estoy conociendo ahora que tengo todo el tiempo del mundo para dedicarme a ti. Persona y amiga que me da la vida.

     Mantengo la calma y aguardo con esperanza de que pronto pueda mirarte a los ojos. En ese momento mis palabras emanarán de mis finos y mordidos labios. No te preocupes que no haré contigo lo que sí hicieron conmigo: “detenerte.” Por mí, tú siempre serás libre.

     Sé que eres una caprichosa ramera. Me visitas en las noches que menos me lo espero. Te introduces entre mis sábanas y aprisionas mi espíritu. Con la única intención de dominarme. Como ves, soy consciente de quién eres y del poder que ejerces sobre mí, en cambio, te equivocas si piensas que soy una cría en este campo. Confundidas estás si piensas que tú puedes ser más rápida que yo. No.

       Tal vez, el cansancio sea el causante de mi dejadez. Tal vez, también lo sea, la pereza de bajarme de la cama, tomar un lápiz y copiarte. Tal vez, te subestime a veces pensando que regresarás en otro momento igual o mejor que en ese. Quizás, pensé que al no imaginarte revolviendo mis mundos, yo dejaría de tener esas ganas acérrimas de plasmarte sobre el papel... Y te irías. Te irías para siempre...

      Mas mi subconsciente habló y me susurró muy meticuloso a mi oído: “¿Quién serías si ella se fuera?”, y en un sobresalto, con los ojos abiertos de par en par asomó la infinitud: “Nadie.”

      Dios y tú sabéis que puedo vivir sin hombres. Que puedo desprenderme de amigos, que a veces solo los considero como un lastre que hay que llevar como obligación de esta sociedad conformista e irreal. Que puedo soñar despierta. Que puedo tocarte si me lo propongo, pero que, por respeto, dejo que te vayas para volver a encontrarte arrinconada en algún rincón de mi corazón. Que puedo escribir de lo que sea, siempre que tú estés presente. Que soy tuya como tú eres mía. Que juntas podemos dominar el mundo en nuestro mundo.


      No tengo nada más que decirte, amiga mía. Solo que... gracias por recordarme quién soy. Gracias por esto, por darme el valor y la facilidad innata de esparcir la ironía y los malentendidos. Gracias por venir y vivir conmigo durante veintiocho años. Gracias... por no abandonarme. Eres la única, que ajena a mi familia, no lo ha hecho... Supongo que porque tú y yo somos una. Cómo lo diría Sofía, ah sí, gracias por ser “mi media naranja.” 

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