Siento una soga
que me oprime la garganta. Ya no doy bocanadas de aire profundas para poder
respirar, solo caigo en un letargo que me deja inconsciente sobre el duro suelo
de la acera.
Entreabro los
ojos, y me parece ver de forma difuminada a personas andando por la calle. Me
ven –al menos eso creo yo- pero pasan de largo, saltando mi cuerpo de una
zancada. Y yo, mientras tanto, intento ponerme en pie, aunque me tiembla cada
extremidad de mi cuerpo. Por fin, me levanto, alzo la mirada, hago un examen
preliminar de todo lo que me ha ocurrido ahí –cuando llegue a casa ya lo
maduraré, me digo-, y ando. Solo sé que andé durante largo tiempo. Y cuando me
cansé, seguí andando, solo con la intención de no volver atrás. Ya no más.
Ya me di cuenta,
por la liberación de endorfinas, que cuanto más me alejaba, más oxígeno entraba
en mi cuerpo y ya esa cuerda que me sostenía el cuello poco a poco se
desprendió y cayó al suelo… Y entonces me dije: “Se acabó. Esta guerra se
acabó.” Y, por primera vez después de bastante tiempo, sonreí para mí. Solo
para mí… Sin fijarme si me miraban ojos extraños o no… Solo reí, y cambié mi
mundo, guiñé un ojo al futuro, y me dije: “Ahora toca ser feliz. Soy como el
Ave Fénix resurgiendo de sus cenizas.”
| Añadir leyenda |