Ya todo llegó a su fin. No hay recuerdos,
ni abrazos, ni miedos, ni nada. Ya todo acabó. Llevándose con él mis noches de
infortunio, mis lágrimas de desesperación y el sueño de algo que nunca fue. Ya
no hay marcha atrás. Me ha dejado el dulce olor de la ironía, de un sueño terminado
y de un adiós posado en la yema de mis dedos.
No motearé de orgullo esta carta, que va
dirigida a Ninguno; más bien la colmaré del deleite confuso de su vida. No hay
siesta sin mi perdón, ni perdón sin una cabezada. No hay disculpas que mis labios
pronuncien, ni lamento que se pose sobre mis ojos. No hay nada más que decir,
solo que ya no recuerdo si cuando te tuve en algún momento yo fui feliz.
Vuelvo a estar en el mismo punto de
partida. Donde la realidad y la ficción, cuando cae la noche, pueden llegar a
desorientarme; cosa que dura nos segundos, unos segundo eternos, pero, aún así,
unos segundos. Mi cabeza ya no mira para atrás, se ha centrado en el presente,
en el hoy. Y hoy, no deseo que estés a mi lado.
Palabras crudas de una mujer enamora de la
vida, de la pasión del momento, de la alegría conseguida sin ti. No esperaba,
sinceramente, sentirme tan libre al deshacerme de Ninguno, de tus suspiros al
oído, de tus brazos en mi cintura y de tus te quiero sin sentido.
La discusión se llevó la relación al odio y
el odio al rencor. Un rencor que no alberga en mi pecho. En él afloraran mil
margaritas de colores, mil esperanzas que puedan entrar y mil sueños que aún me
quedan por cumplir.
Desde aquí le digo que esta loca se va con
otro loco, como bien dice Sabina, y que estos labios ya no pronunciaran más tu
nombre. Así que te proclamo Ninguno de mi Reino, porque, para mí, es como si tú
no hubieras existido.
Saqué el coraje de las entrañas de mi
cuerpo. Y ojalá que haya alguien que no me quiera como tú… porque si esa era tu
forma de amar, quédatela porque yo no la quiero.
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