Partes de mi lado
al coger el pomo de esa puerta, y me dices “adiós”. Si supieras que al
ausentarte de esa manera me desgarras el alma. Si fueras consciente de que
siento pavor al separar tu pecho del mío, como si el tic-tac de tu corazón
fuera ese reloj que marca el pulso de mis besos sobre tu boca. Tu nombre domina
cada quebranto que evoca mi alma… desde que tú no estás.
Sabio serías si
percibieras por ti mismo lo que significa cada caricia tuya sobre mi cuerpo
desnudo o no, cada contacto tuyo a la orilla de mi boca, cada libertad que
siento con cada sacudida de tu espíritu… Volviste para poner en sintonía mi
corazón y mi mente, consiguiendo así someterme a la lujuria que irradia tu
cuerpo sobre el mío… Se me erizan los vellos de solo pensarlo.
Ya solo me siento
respaldada de verás cuando tú estás detrás; lo indica la propia palabra “a mis
espaldas”. Eres alguien a quien en el ocaso no veo y me cubre la espalda con su
pecho que está a punto de rozarme, y acaba siempre rozándome. Así dormimos tú y
yo. De manera que ambos nos damos la espalda a lo largo de la noche entera; y
que solo al sentirme sobresaltada por una pesadilla o por un perturbador
pensamiento regreso a ti, para que te dispongas a recorrer mi cuello con tu
brazo y acondiciones tu cuerpo para la llegada del mío. Y vuelvo a escuchar ese tic-tac, y vuelvo a sentirme a
salvo… Y vuelvo a sentirme en casa… Y curioso es que, justamente, ya amanece,
amor mío…